PENSAR ES UNA BELLEZA. ENTREVISTA A HUMBERTO MATURANA (SÍSTESIS REFLEXIVA)

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PENSAR ES UNA BELLEZA. ENTREVISTA A HUMBERTO MATURANA (SÍSTESIS REFLEXIVA)

Mensaje  Ruth Perez el Jue Mar 22, 2012 5:26 pm

El arte ha sido por excelencia una de las manifestaciones más lúcidas de las genuinas emociones y razones que ha experimentado el ser humano durante toda su historia evolutiva. Incluso, en ocasiones, puede resultar un efecto recursivo a éste: una manifestación artística puede gatillar en el humano emociones diversas, complejas y originales (amor, dolor, pasión,…). Y puede también, al mismo tiempo, llegar a impulsar en él su más potente capacidad de pensar, elucubrar, comprender.
Así, inspirado en un cuadro del pintor irlandés Jeroen Anthoniszoon van Aeken, conocido como El Bosco o Jerónimo Bosch (Bolduque, h. 1450 - agosto de 1516), Humberto Maturana explica sobre las cuatro tentaciones representadas en el cuadro que encabeza estas líneas, a saber: 1. vanidad, 2. envidia, 3. superficialidad y 4. certidumbre. De ese modo se inicia una invaluable disertación en la que el genio del entrevistado aflora con singular y sabia serenidad.
A propósito de la tentación de la certidumbre, la afirmación del autor suscita una importante cantidad de reflexiones. Por ejemplo, al mencionar que la certidumbre niega la reflexión, cabe entonces preguntarse: ¿acaso la solidez de nuestras creencias y convicciones, esas que nos han permitido sobrevivir como raza, son en realidad ataduras, mitos, formas de control disfrazados de “mecanismos de sobrevivencia” de la humanidad? Esos supuestos “acuerdos de convivencia”, ¿son en realidad una manada de lobos feroces encubiertos tras apariencia de ovejas, cuya verdadera identidad profundiza los procesos de dominación y alienación que castran la autonomía y la libertad, banderas éstas de nuestra dignidad de seres humanos?
Así mismo, ante las reflexiones de Maturana sobre la consecuencia que el reflexionar tiene sobre el saber, resultan interrogantes. Si al aferrarnos a las teorías, ellas suprimen nuestra capacidad reflexiva, ¿significa que los grandes científicos y sus escuelas han cedido a la alienación?, ¿son las teorías formas sofisticadas y eruditas de prisión?, ¿cárceles de la libertad humana? Ante ello vale suscribirse también a Kuhn cuando afirma que la tarea del científico va más allá de la mera investigación de la ciencia normal y la aplicación rigurosa de su método.
Maturana, al respecto, enfatiza en que cuando el método es aplicado adecuadamente genera una inevitable certidumbre, y esa efectividad no nos permite reflexionar. Insiste en que es necesario el desapego. Ello permite reflexionar, que como consecuencia trae el cambio en lo que hacemos, un cambio que (añade quien suscribe) debe propender al bien, a la mejora en mí y también en el otro, que es a la vez ese otro yo.
Ahora bien, si la recomendación es desapegarnos para poder así reflexionar, ¿a dónde van los grandes metarrelatos como fundamento de lo que el ser humano hace y es? Si con cada reflexión el ser humano se desapega, ¿será acaso el anuncio del fin de la religión, la política y otras formas de conocimiento fundantes del humano? De ser así, ¿sobre qué ha de sostenerse la identidad de la humanidad como raza? Si ya no existe un pensamiento consensuado y ordenador, ¿no conduce esto a un amenazante caos?
Al escuchar con atención los planteamientos de Maturana, se puede hallar una pista que da cuenta de esas (y otras) interrogantes. La asombrosa postura del reconocido biólogo-epistemólogo se centra en un planteamiento que para algunos ha resultado ingenuo y hasta fútil. Eso es así porque al afirmar que todo lo que mueve al ser humano (incluidos por supuesto los científicos, filósofos, políticos,… todo ser humano) es producto de su emoción y no de su razón, Maturana echa por tierra toda una tradición en la que ha primado la razón como todopoderosa, dueña y reina de todo cuanto ha impulsado el desarrollo de la humanidad, su ciencia y sus sociedades.
Este contundente y polémico planteamiento es sostenido muy genialmente por su autor con argumentos basados precisamente en el uso de su razón, o más bien, de su razonamiento culto y multidisciplinar. Defiende Maturana que es el emocionear y no el razonar lo que mueve todas las acciones humanas. Son las emociones y no las razones las que empujan las acciones de los seres humanos. Explica el autor que la razón sirve precisamente para dar cuenta de nuestras emociones. Aquélla es usada para justificar, e incluso a veces para ocultar éstas.
Si nos detenemos sobre esa aseveración, podríamos junto al autor enumerar una importante lista de eventos en los que la emoción ha sido la conductora per se de nuestras acciones. Al preguntarnos sobre el móvil de los actos más trascendentales de nuestras vidas, se presume que la respuesta está en la emoción. ¿Por qué nací?, ¿por qué estudio para titularme Doctor (a)?, ¿por qué me casé?, ¿por qué me hice madre o padre?, ¿por qué mentí?, ¿por qué hice el bien?, ¿por qué profeso esta fe?,… presumiblemente, la emoción se muestra como el denominador común en todas esas interrogantes existenciales. Incluso, la emoción es a la vez parte de las respuestas y la pregunta, ya que el “¿por qué?”, en apariencia racional, contiene en sí un innegable cargamento emocional.
En otro orden y para concluir, resulta valioso resaltar que estos planteamientos de Maturana han marcado significativamente la epistemología de los actuales momentos. El surgimiento de una “biología del conocer” como teoría científica, redimensiona la clásica visión de la filosofía de la ciencia donde la emoción, como elemento incidente y valioso, era una idea descabellada, siquiera impensable. Heredera de esa antigua visión es la investigación cuantitativa. Para fortuna de quienes optamos por la vía cualitativa como cosmovisión, un estudioso de la talla teórica de Maturana viene a reivindicar el carácter subjetivo de la búsqueda del saber.
Así, este autor y sus planteamientos confirman al investigador cualitativo como legítimo científico, como un ser que escribe una ciencia en la que sentir y emocionear son la savia del tronco del conocimiento. Ello resulta en una ciencia más humana y humanizante; una práctica científica que legitima su saber en y con los otros, reconocidos no como seres para conocer, manipular y controlar sino, muy por el contrario (siguiendo a Maturana), para ver en ellos otros “yo”, a quienes me acerco para confiar, emancipar, liberar, dignificar… esto es, para amar.

Ruth Perez

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